You get what you need

Nos pasamos la vida encontrando maneras de huir de nosotros mismos: hay quien se droga y quien va mucho a correr. Quien se enamora en bucle y quien sigue una meticulosa rutina. Hay quien es muy del Barça y quien estudia libros de ajedrez. Quien mira telebasura y quien lee el New York Times…

Irónicamente, cuanto más lejos huimos, cuanto más taponamos nuestros sentidos y nuestra voz interior, más fuerte es el ruido, más intensa es la angustia.

Yo no tengo una receta mágica de vuelta a casa. Ni siquiera estoy segura de saber exactamente de qué huimos.

Pero puedo decir lo que sí sé, lo que he aprendido en el camino:

Los atajos no sirven para escapar de uno mismo. Tampoco los mapas.

Sentir es menos doloroso que no sentir. Para no-sentir la tristeza acabamos desarrollando toda clase de enfermedades.

No es posible amar a los otros sin amarse a uno mismo.

No es posible ser feliz sin amor.

Hay tres paradas (por lo menos) en la ruta de vuelta a Casa:

  • Connectar con uno mismo.
  • Aprender el arte de amar.
  • Escuchar y atender la propia vocación.

Todo lo demás son parches a los que nos cojemos como a una tabla de madera flotando en el océano. Olvidando que podemos nadar.

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Llorar es para valientes

Es fácil creer que uno está mejor cuando no llora. Pero, a veces, no-llorar es mucho peor. A veces, no-llorar es simplemente no-sentir: negarse a experimentar las emociones propias del presente.

Y no-sentir es peor que sentir. Sólo sintiendo se puede vivir, se puede estar vivo. Aunque, a veces, no-sintiendo es como se sobrevive. Sentir es para valientes. Llorar es para valientes, valientes emocionales.

La pérdida es una vivencia del que pierde. Los vivos tienen que llorar a los muertos. Esa es su vivencia de la muerte. Los muertos no pueden llorar.

Y hay que seguir adelante, porque estamos vivos. Pero negarse a llorar es negar la pérdida. Negar la vivencia de la pérdida. Negar, por lo tanto, la vida. Poner el pause. Es decir “no estoy dispuesto a vivir/sentir en estas condiciones”. Y es que a veces, parece inaceptable vivir en estas condiciones.

Paradójicamente, apegarse a la pérdida es negar la pérdida. No-llorar el ser perdido es apegarse a la pérdida no-sientiendo (porque no se puede sentir selectivamente, si se rechaza el dolor se rechaza toda emoción). No llorar la pérdida es apegarse a la propia muerte. Es morir con la pérdida.

¿Es posible desapegarse sin perder también el amor (último vestigio) que nos unía con el ser que ya hemos perdido? ¿Es olvido el desapego? ¿O es otra forma de recordar, de volver a pasar por el corazón? Pero ¿cómo sentir el amor no-sientiendo el dolor? Es difícil saber qué es peor: no olvidarte nunca o olvidarte para siempre.

En última instancia, lo aceptemos o  no, lo vivamos o no, lo perdido, perdido está. Y en esta vida sólo hay algo que no podemos ni debemos perder: a nosotros mismos. Y es por eso que debemos llorar. Debemos llorar con todo nuestro ser, para poder transitar el camino que lleva de la muerte nuevamente a la vida.

Confío porque yo lo valgo

Cualquier declaración de confianza es, por definición, una declaración de desconocimiento. Para confiar hay que ignorar, no tiene que haber posibilidad de conocimiento. O se sabe o se confía. No podemos confiar y saber a la vez. Es por eso que nadie “confía” en la ley de la gravedad o “sabe” que su pareja le será fiel.

La palabra “confianza” proviene del latín “fides” (fe, lealtad) y “con” (junto a). La confianza es, pues, un acto de fe. Una apuesta. Un postulado. Para que pueda haber confianza debe haber incertidumbre, misterio. Como decía un sabio: la diferencia entre un misterio y un problema es que el problema tiene solución.

Así pues, la confianza tiene mucho más que ver con el sujeto de confianza (el “yo” que confía) que con el objeto de confianza. Yo confío en ti porque soy confiado, no porque tú seas confiable. Es parecido a la pre-sunción de inocencia. Antes de saber: confío.

Dicho de otra manera: tú no puedes hacer nada para que yo confíe en ti. Pero puedes hacer mucho para que deje de confiar: puedes convertir el misterio (confío, ya que ignoro) en un problema cuya única solución posible sea la desconfianza (sé que no puedo confiar porque sé que me has mentido).

El único caso excepcional es el de la autoconfianza, que por mi experiencia tiene que ver mucho más con la autoestima (la capacidad de reconocer nuestro valor) que con el valor intrínseco de cada uno.

¿Y qué pasa con los grises? ¿Hay algo entre la confianza ciega y el desengaño? Quizá, lo que hay es un deterioro de la confianza en tanto sentimiento hacia el otro. Una debilitación del vínculo, una llama que se va apagando. Y aquí lo realmente difícil es distinguir cuándo la desconfianza proviene de la neurosis y cuándo de nuestra intuición (o sabiduría profunda).

Creo que no es la esperanza sino la confianza lo último que se pierde. Porque cuando no queda confianza, cuando no queda fe, no queda nada.

Lo haría, pero necesito los huevos.

Decía Freud que observaba que era común entre sus pacientes el hecho de no querer curarse. Querían que sus síntomas mejoraran, claro, pero no hasta el punto de que les dieran el alta. “¿Era Freud un tío muy atractivo?”, es lo primero que uno piensa. Personalmente, creo que no se trataba de eso.

Hay un término en psicología que se llama “retribución patológica”. Más allá de que a los psicólogos les encanta meter la palabra “patológico” en todo aquello que pueden, el término hace referencia a la “recompensa” que las personas obtenemos al perpetuar conductas objetivamente dañinas para nosotros.

Por ejemplo, los pacientes de Freud: ¿por qué no querían curarse? Porque dejarían de ser enfermos. Está claro que no-ser enfermo es objetivamente mejor que serlo. Pero hay ciertas “retribuciones” en el hecho de permanecer enfremo: alguien debe cuidarte. Esto es, no tienes que hacerte cargo de ti mismo. No tienes que responsabilizarte de ti mismo.

Este es un ejemplo que puede parecer lejano y anecdótico, pero todos mantenemos conductas de este tipo de manera cotidiana: ¿por qué no dejamos de fumar? ¿Por qué mantenemos relaciones tóxicas? ¿Por qué saboteamos nuestros sueños? ¿Por qué nos machacamos a nosotros mismos? Por las retribuciones patológicas que obtenemos de estas conductas.

En el mundo de la música, las conductas de este tipo abundan especialmente. “Si dejara de fumar, cantaría con todo mi potencial” – pero no lo dejas. “Si tuviera suficiente formación musical, me contratarían como músico de estudio” – pero no te formas. “Si creyera más en mi, tocaría mis propios temas” – pero tocas versiones.

¿Qué retribución patológica se obtiene de ser un “artista en la sombra”, es decir, de ser mucho más pequeño como artista de lo que realmente eres? Creo que la principal es la garantía de no fracasar.

Si juegas a ser pequeño, si no te muestras al mundo, si machacas tu cuerpo o tu mente, si te instalas en la queja o la duda…entonces no vas a tener éxito, claro que no, pero será decisión tuya. Nunca te pondrá a prueba la realidad, nadie podrá decirte que es que no tienes talento, o no emocionas, o no eres lo bastante guapo…o lo que sea que a tu ego le da terror oir en boca de los demás (porque te lo dices con tu propia voz cada día).

¿Cuál es el primer paso para abandonar estas conductas autodestructivas?

Creo que, en general, uno se da cuenta de qué conductas no le hacen bien. Pero sinceramente (o inconscientemente) cree que necesita las retribuciones de esa conducta. El primer paso es darse cuenta de que no es así: la retribución de seguir siendo un enfermo / fumar / no formarse / no mostrarse  (etc.) es muy inferior a la retribución que obtendríamos al abandonarlas. Pagamos un precio muy alto por una recompensa muy pequeña.

Como decía Woody Allen al final de Annie Hall: “Y, y recordé aquel viejo chiste. Aquel del tipo que va al psiquiatra y le dice: doctor, mi hermano está loco, cree que es una gallina. Y el doctor responde: ¿pues por qué no lo mete en un manicomio? y el tipo le dice: lo haría, pero necesito los huevos.”

Pues bien: no necesitamos los huevos.

No seas un buen cristiano

La culpa es una cosa pegajosa que se engancha a todo lo que hacemos o dejamos de hacer. Aún somos cristianos: llevamos las gafas de la culpa puestas. Vemos culpa por todas partes. Lo primero que hacemos es buscar culpables. Ni siquiera los cristianos sólo de nacimiento (o crecimiento), que nunca hemos dicho “amén”, podemos escapar a esta programación mental.
Pero: ¿qué es “la culpa”? Vamos a hacer un poco de antología literaria. La culpa, tal y como ahora la entendemos, es un invento del cristianismo para justificar la existencia del mal en el mundo. Los teólogos cristianos se encontraron con un problema para explicar la realidad: si Dios es omnipotente e infinitamente bueno, y es nuestro creador, ¿cómo va a haber maldad en el mundo? Y resolvieron el problema introduciendo el famoso “libre albedrío”: Dios nos hizo libres, es decir, nos dio la libertad para elegir hacer el bien o el mal. Así nos cargaron el muerto a los hombres.
En resumen: la culpa sería algo así como el sentimiento de origen cristiano que los hombres sienten al actuar “con mala fe” (hacer el mal). Esto es el origen histórico del término. Actualmente, más neuróticos que creyentes, nos sentimos culpables por cualquier cosa: por todo lo que hacemos y por todo lo que dejamos de hacer. La culpa es casi un sentimiento vinculado a la mera existencia, al hecho de tener libertad y ejercerla.
Tenemos que soltar el lastre de la culpa, porque nos machacamos con algo que no es real, que no existe. La culpa es una interpretación de la realidad. Y, como interpretación, es pésima.
Quiero poner especial énfasi en el caso de los artistas, porque somos un colectivo que tiende a sentirse especialmente culpable por la visión que nuestra sociedad nos devuelve de nosotros mismos.
Nuestra cultura percibe el artista como a un vividor, alguien extravagante, lunático y casi seguro multi-adicto. Lo opuesto a un respetable “hombre de bien”. No hace falta decir que si eres mujer, la cosa se pone aún más dramática.
Pero ser un “artista en la sombra” (término acuñado por Julia Cameron para referirse a los artistas que no han salido del armario) no absuelbe a nadie. El sentimiento de traición hacia uno mismo fermenta en culpa y además no le da el sol.
Así pues, y con esto os dejo iros en paz, mi consejo es: si vas a sentirte culpable de todos modos, tanto si decides ser artista como si decides no serlo, digo yo que mejor vivir con la culpa de hacer aquello que te hace feliz.
Feliz navidad!

¿A quién pretendes engañar?

El síndrome del impostor es algo terriblemente común. Y más, en el mundo del arte. Personalmente, conozco muy pocos cantantes que puedan decir “yo soy cantante” con la cabeza bien alta, sin sentirse un fraude. No importa el talento ni el éxito que tengan.

Todo esto me ha llevado a la sospecha de que alguna ventaja debe haber en sentirse un impostor. Algo sacaremos de ello, si nos aferramos tanto a seguir siendo “cantantes aficionados”, “ineptos con suerte” o “esbozos de artista”. Así que me he puesto a indagar un poco sobre qué puede haber detrás de este síndrome… y esto es lo que he encontrado.

ego

Nuestra identidad es una narración. Un cuento que te contaban ya de pequeño, y que tú te has seguido contando cada noche antes de domir. Y nos aferramos mucho a este cuento, no porque necesariamente nos guste, sino porque sin él simplemente no somos nadie. Por eso, en gran parte, un proceso terapéutico consiste en re-narrar la vieja narración para poder sanarte. Pero es un proceso largo y, sobretodo, que haces acompañado de alguien que no se cree tu cuento.

Partiendo de esta idea, el complejo del impostor surge cuando creces como persona, profesional, etc. Cuando hay un cambio profundo en tu ser. Sospechas que ya no eres el de antes, pero cuesta mucho dejar atrás tu cuento, porque el nuevo cuento aún no te lo has contado lo suficiente. Entonces, se produce un vacío: no soy lo de antes, ni soy aún lo nuevo. Ergo, soy un impostor.

No se pueden sostener dos identidades al mismo tiempo. Para adoptar una nueva identidad (p.e. la de cantante profesional), primero tienes que destruir tu vieja identidad. Y eso, que “primero” toque matar al ego, es lo que nos da tanto miedo. Porque aún no tenemos un nueva nueva identidad formada. Requiere abrazar la incertidumbre. Perder el control.

Obviamente, tu ego se resiste a ello. Normal! ¿Y qué hace para poder sobrevivir? Pues busca “evidencias” de que tu naciente “yo” es un impostor. Desde que te levantas tu ego va en busca y captura de todos los “hechos” que pueda utilizar para reforzar tus viejas creencias sobre quién eres y desmontar las nuevas creencias con las que flirteas. Porque desde luego, “tú” no eres un cantante profesional. ¿Qué te has creído? “Tú” siempre has sido un aficionado, un mediocre, vamos. Si ni tu gato te escucha cuando cantas!  (Hecho número uno del día anotado: me he puesto a cantar y mi gato se ha ido a otra habitación. A quién pretendo engañar!?).

Es una cuestión de ego sentirse impostor. Cuanto más grande es tu ego, más impostor te sientes. Porque más grande es la resistencia que tu viejo ego ofrece para sobrevivir.

¿Entonces, no es posible dejar de sentirte un impostor? ¿No podemos cambiar de identidad? Yo creo que sí que es posible si se hace una transformación progresiva y muy consciente. Utilizando una estrategia similar a la que usa tu “viejo” ego para resistir, pero en sentido contrario: incorporando nuevas creencias sobre quién eres, poco a poco, que suplanten a las viejas. Pero tienes que repetírtelas mucho!! Y buscar evidencias desde que te levantes. Porque hemos repetido muchas veces el “padre nuestro” de nuestra vieja identidad. Tenemos un gran apego a ella. Le tenemos cariño. Aunque ser eso sea una mierda. Es nuestra zona de confort. El mundo es previsible mientras seamos los que éramos.

Y, finalmente, la gran pregunta: si lo que creíamos ser era mentira, cómo sabemos que lo que ahora creemos ser es verdad? …porque no era mentira. Era otro estado de desarrollo de nuestro ser.

Al final, seguramente todos seremos buda.

Prejuicios perjudiciales

Podríamos definir las creencias como “el conjunto de los prejuicios sobre la realidad que un individuo sostiene”. Sean éstos conscientes o inconscientes, beneficiosos para nosotros o perjudiciales.

Contrariamente a lo que sería intuitivo, una gran parte de las creencias que sostenemos juegan en nuestra contra. Esto es así porque no elegimos qué creemos de manera deliberada y consciente, sino que absorbemos de pequeños las creencias de fondo de nuestra familia, entorno y cultura. Las aprendemos y luego olvidamos que las hemos aprendido: las mantenemos de manera inconsciente.

Qué sería una creencia que juega en nuestra contra?

Por ejemplo, puede ser que seas artista (músico, escritor@, bailarin@…) y te ganes la vida con ello, y aún así sigas teniendo la sensación de no tener un “trabajo de verdad”. Puede que te digas a ti mism@ que no tienes futuro, que no eres realista…¡y todo esto mientras anualmente ingresas lo mismo que cualquier respetable asalariado! Si es así, posiblemente sostienes creencias sobre el trabajo del tipo “el pan con sudor se gana”: el trabajo tiene que ser duro, vivirse como una obligación, medir 8 horas/día, constar de un jefe al que no soportas, una nómina en el banco, y, por supuesto, hay que llevar corbata. La corbata hace al trabajador.

De este modo, tu propia creencia sobre “qué es trabajar” juega en tu contra, te sabotea. Sostener esta creencia en concreto es negativo para ti.

Una creencia negativa es aquella que no te ayuda a tener éxito. Puede que incluso te lo impida. Además, si es algo que tú crees sin siquiera ser consciente de ello, actúa para tí como un límite que no te deja ni ir ni pensar más allá.

Merece la pena que nos paremos de vez en cuando a revisar (a hacer conscientes) qué creencias inconscientes tenemos. Sobretodo, si queremos ser artisas. Hay muchas creencias negativas en nuestra sociedad en torno a “ser artista” que necesitamos destruir para que no nos impidan tener éxito en nuestro proyecto de vivir del arte.

¿Y cómo puedes hacerlo? Fácil: escribe, en modo “brain storming” (sin pensártelo y sin censura) todo lo que asocies con, siguiendo con el ejemplo, “qué es trabajar”. Si lo haces justo después de levantarte, cuando aún estés dormid@, mucho mejor! Más tarde, cuando hayas tomado el café, léelo: todo lo que has escrito son creencias inconscientes que tienes sobre “trabajar”.

Subraya todas las creencias que encuentres en el texto. Elige una, la que más te limite en relación a tu objetivo -en este ejemplo, trabajar como artista (“en un trabajo de verdad se lleva corbata”), y reformúlala en positivo para convertirla en una que sí te ayude a conseguir el éxito.

Una vez tengas la nueva creencia: “es posible trabajar y no llevar corbata“, busca evidencias en tu día a día que refuercen esta creencia. Fíjate en todo lo que la apoye (el panadero trabaja y no lleva corbata, el autobusero trabaja y no lleva corbata, etc.).

De este modo, podemos ir modificando, una a una, nuestras creencias negativas por otras de más positivas, por nuevas creencias que nos impulsen a actuar en la dirección de nuestros sueños u objetivos. Que nos potencien en vez de limitarnos.

En definitiva: es inevitable ver el mundo a través del filtro de nuestros propios prejuicios. Lo que podemos evitar es que nuestros prejuicios sean perjudiciales.