Coaching vocal breve

Dicen que sólo con el amor no basta para que una relación funcione. Aunque nunca está de más. Pues lo mismo pasa con la técnica vocal y el canto: si bien la técnica es un recurso valiosísimo para desplegar nuestra voz y potencial, con sólo técnica no basta. Y no estoy hablando del famoso talento. Si no de que el canto se produce en un medio físico (el cantante), que es un instrumento con emociones y bloqueos.

Del mismo modo que no sorprende mucho a nadie que un cantante deba cuidar su cuerpo (alimentación, ejercicio, horas de sueño) para sacar la mejor voz posible, a nadie debería sorprender que debamos cuidar nuestra salud emocional (bloqueos, traumas, estrés, ansiedad, creencias autolimitantes) para sacar nuestro mejor sonido.

Al cantar nos desnudamos, ante nosotros mismos y ante los demás. Y hay que estar preparados para hacerlo. Hay que estar bien para hacerlo.

No se puede fingir la voz, nuestra voz es un reflejo de nuestro ser y nuestras emociones. Es por eso que muchos dejamos de cantar cuando pasamos por un momento emocionalmente difícil. He visto muchos cantantes dejar de cantar en público o dejar de cantar en solitud (por placer) a partir de un hecho que les desbordó emocionamente. En algunos casos, no lo dejamos pero sentimos un bloqueo al hacerlo. Y ese bloqueo sigue ahí por mucho tiempo que pase.

No tiene por qué ser a causa de un gran trauma, aunque a veces lo es. Quizá en la escuela alguien nos decía que cantábamos mal, o nuestros padres no nos escuchaban cuando cantábamos. A lo mejor cuando cantamos nos ponemos tristes o a partir de un cierto momento dejamos de cantar (y no recordamos por qué).

No se trata de algo técnico, y es por eso que no se puede resolver con técnica. Se trata de un “atasco emocional” que hay que resolver (“curar”) desde donde se produjo: desde nuestras emociones y los pensamientos asociados a ellas.

Y aquí es donde el coaching vocal breve puede resultar muy útil, porque se dirige a los 3 niveles des de los que cantamos (cabeza, corazón y cuerpo) y nos permite desatascar los bloqueos que secuestran nuestra voz y le impiden fluir con la alegría propia del canto.

Personalmente, creo que ser feliz es la máxima aspiración en la vida. Pero para aquellos que comulgan con eso de “he decidido ser feliz porque es bueno para mi salud”, si son cantantes, ahora les sobran los motivos.

Anuncios

You get what you need

Nos pasamos la vida encontrando maneras de huir de nosotros mismos: hay quien se droga y quien va mucho a correr. Quien se enamora en bucle y quien sigue una meticulosa rutina. Hay quien es muy del Barça y quien estudia libros de ajedrez. Quien mira telebasura y quien lee el New York Times…

Irónicamente, cuanto más lejos huimos, cuanto más taponamos nuestros sentidos y nuestra voz interior, más fuerte es el ruido, más intensa es la angustia.

Yo no tengo una receta mágica de vuelta a casa. Ni siquiera estoy segura de saber exactamente de qué huimos.

Pero puedo decir lo que sí sé, lo que he aprendido en el camino:

Los atajos no sirven para escapar de uno mismo. Tampoco los mapas.

Sentir es menos doloroso que no sentir. Para no-sentir la tristeza acabamos desarrollando toda clase de enfermedades.

No es posible amar a los otros sin amarse a uno mismo.

No es posible ser feliz sin amor.

Hay tres paradas (por lo menos) en la ruta de vuelta a Casa:

  • Connectar con uno mismo.
  • Aprender el arte de amar.
  • Escuchar y atender la propia vocación.

Todo lo demás son parches a los que nos cojemos como a una tabla de madera flotando en el océano. Olvidando que podemos nadar.

Llorar es para valientes

Es fácil creer que uno está mejor cuando no llora. Pero, a veces, no-llorar es mucho peor. A veces, no-llorar es simplemente no-sentir: negarse a experimentar las emociones propias del presente.

Y no-sentir es peor que sentir. Sólo sintiendo se puede vivir, se puede estar vivo. Aunque, a veces, no-sintiendo es como se sobrevive. Sentir es para valientes. Llorar es para valientes, valientes emocionales.

La pérdida es una vivencia del que pierde. Los vivos tienen que llorar a los muertos. Esa es su vivencia de la muerte. Los muertos no pueden llorar.

Y hay que seguir adelante, porque estamos vivos. Pero negarse a llorar es negar la pérdida. Negar la vivencia de la pérdida. Negar, por lo tanto, la vida. Poner el pause. Es decir “no estoy dispuesto a vivir/sentir en estas condiciones”. Y es que a veces, parece inaceptable vivir en estas condiciones.

Paradójicamente, apegarse a la pérdida es negar la pérdida. No-llorar el ser perdido es apegarse a la pérdida no-sientiendo (porque no se puede sentir selectivamente, si se rechaza el dolor se rechaza toda emoción). No llorar la pérdida es apegarse a la propia muerte. Es morir con la pérdida.

¿Es posible desapegarse sin perder también el amor (último vestigio) que nos unía con el ser que ya hemos perdido? ¿Es olvido el desapego? ¿O es otra forma de recordar, de volver a pasar por el corazón? Pero ¿cómo sentir el amor no-sientiendo el dolor? Es difícil saber qué es peor: no olvidarte nunca o olvidarte para siempre.

En última instancia, lo aceptemos o  no, lo vivamos o no, lo perdido, perdido está. Y en esta vida sólo hay algo que no podemos ni debemos perder: a nosotros mismos. Y es por eso que debemos llorar. Debemos llorar con todo nuestro ser, para poder transitar el camino que lleva de la muerte nuevamente a la vida.

Confío porque yo lo valgo

Cualquier declaración de confianza es, por definición, una declaración de desconocimiento. Para confiar hay que ignorar, no tiene que haber posibilidad de conocimiento. O se sabe o se confía. No podemos confiar y saber a la vez. Es por eso que nadie “confía” en la ley de la gravedad o “sabe” que su pareja le será fiel.

La palabra “confianza” proviene del latín “fides” (fe, lealtad) y “con” (junto a). La confianza es, pues, un acto de fe. Una apuesta. Un postulado. Para que pueda haber confianza debe haber incertidumbre, misterio. Como decía un sabio: la diferencia entre un misterio y un problema es que el problema tiene solución.

Así pues, la confianza tiene mucho más que ver con el sujeto de confianza (el “yo” que confía) que con el objeto de confianza. Yo confío en ti porque soy confiado, no porque tú seas confiable. Es parecido a la pre-sunción de inocencia. Antes de saber: confío.

Dicho de otra manera: tú no puedes hacer nada para que yo confíe en ti. Pero puedes hacer mucho para que deje de confiar: puedes convertir el misterio (confío, ya que ignoro) en un problema cuya única solución posible sea la desconfianza (sé que no puedo confiar porque sé que me has mentido).

El único caso excepcional es el de la autoconfianza, que por mi experiencia tiene que ver mucho más con la autoestima (la capacidad de reconocer nuestro valor) que con el valor intrínseco de cada uno.

¿Y qué pasa con los grises? ¿Hay algo entre la confianza ciega y el desengaño? Quizá, lo que hay es un deterioro de la confianza en tanto sentimiento hacia el otro. Una debilitación del vínculo, una llama que se va apagando. Y aquí lo realmente difícil es distinguir cuándo la desconfianza proviene de la neurosis y cuándo de nuestra intuición (o sabiduría profunda).

Creo que no es la esperanza sino la confianza lo último que se pierde. Porque cuando no queda confianza, cuando no queda fe, no queda nada.

Lo haría, pero necesito los huevos.

Decía Freud que observaba que era común entre sus pacientes el hecho de no querer curarse. Querían que sus síntomas mejoraran, claro, pero no hasta el punto de que les dieran el alta. “¿Era Freud un tío muy atractivo?”, es lo primero que uno piensa. Personalmente, creo que no se trataba de eso.

Hay un término en psicología que se llama “retribución patológica”. Más allá de que a los psicólogos les encanta meter la palabra “patológico” en todo aquello que pueden, el término hace referencia a la “recompensa” que las personas obtenemos al perpetuar conductas objetivamente dañinas para nosotros.

Por ejemplo, los pacientes de Freud: ¿por qué no querían curarse? Porque dejarían de ser enfermos. Está claro que no-ser enfermo es objetivamente mejor que serlo. Pero hay ciertas “retribuciones” en el hecho de permanecer enfremo: alguien debe cuidarte. Esto es, no tienes que hacerte cargo de ti mismo. No tienes que responsabilizarte de ti mismo.

Este es un ejemplo que puede parecer lejano y anecdótico, pero todos mantenemos conductas de este tipo de manera cotidiana: ¿por qué no dejamos de fumar? ¿Por qué mantenemos relaciones tóxicas? ¿Por qué saboteamos nuestros sueños? ¿Por qué nos machacamos a nosotros mismos? Por las retribuciones patológicas que obtenemos de estas conductas.

En el mundo de la música, las conductas de este tipo abundan especialmente. “Si dejara de fumar, cantaría con todo mi potencial” – pero no lo dejas. “Si tuviera suficiente formación musical, me contratarían como músico de estudio” – pero no te formas. “Si creyera más en mi, tocaría mis propios temas” – pero tocas versiones.

¿Qué retribución patológica se obtiene de ser un “artista en la sombra”, es decir, de ser mucho más pequeño como artista de lo que realmente eres? Creo que la principal es la garantía de no fracasar.

Si juegas a ser pequeño, si no te muestras al mundo, si machacas tu cuerpo o tu mente, si te instalas en la queja o la duda…entonces no vas a tener éxito, claro que no, pero será decisión tuya. Nunca te pondrá a prueba la realidad, nadie podrá decirte que es que no tienes talento, o no emocionas, o no eres lo bastante guapo…o lo que sea que a tu ego le da terror oir en boca de los demás (porque te lo dices con tu propia voz cada día).

¿Cuál es el primer paso para abandonar estas conductas autodestructivas?

Creo que, en general, uno se da cuenta de qué conductas no le hacen bien. Pero sinceramente (o inconscientemente) cree que necesita las retribuciones de esa conducta. El primer paso es darse cuenta de que no es así: la retribución de seguir siendo un enfermo / fumar / no formarse / no mostrarse  (etc.) es muy inferior a la retribución que obtendríamos al abandonarlas. Pagamos un precio muy alto por una recompensa muy pequeña.

Como decía Woody Allen al final de Annie Hall: “Y, y recordé aquel viejo chiste. Aquel del tipo que va al psiquiatra y le dice: doctor, mi hermano está loco, cree que es una gallina. Y el doctor responde: ¿pues por qué no lo mete en un manicomio? y el tipo le dice: lo haría, pero necesito los huevos.”

Pues bien: no necesitamos los huevos.

No seas un buen cristiano

La culpa es una cosa pegajosa que se engancha a todo lo que hacemos o dejamos de hacer. Aún somos cristianos: llevamos las gafas de la culpa puestas. Vemos culpa por todas partes. Lo primero que hacemos es buscar culpables. Ni siquiera los cristianos sólo de nacimiento (o crecimiento), que nunca hemos dicho “amén”, podemos escapar a esta programación mental.
Pero: ¿qué es “la culpa”? Vamos a hacer un poco de antología literaria. La culpa, tal y como ahora la entendemos, es un invento del cristianismo para justificar la existencia del mal en el mundo. Los teólogos cristianos se encontraron con un problema para explicar la realidad: si Dios es omnipotente e infinitamente bueno, y es nuestro creador, ¿cómo va a haber maldad en el mundo? Y resolvieron el problema introduciendo el famoso “libre albedrío”: Dios nos hizo libres, es decir, nos dio la libertad para elegir hacer el bien o el mal. Así nos cargaron el muerto a los hombres.
En resumen: la culpa sería algo así como el sentimiento de origen cristiano que los hombres sienten al actuar “con mala fe” (hacer el mal). Esto es el origen histórico del término. Actualmente, más neuróticos que creyentes, nos sentimos culpables por cualquier cosa: por todo lo que hacemos y por todo lo que dejamos de hacer. La culpa es casi un sentimiento vinculado a la mera existencia, al hecho de tener libertad y ejercerla.
Tenemos que soltar el lastre de la culpa, porque nos machacamos con algo que no es real, que no existe. La culpa es una interpretación de la realidad. Y, como interpretación, es pésima.
Quiero poner especial énfasi en el caso de los artistas, porque somos un colectivo que tiende a sentirse especialmente culpable por la visión que nuestra sociedad nos devuelve de nosotros mismos.
Nuestra cultura percibe el artista como a un vividor, alguien extravagante, lunático y casi seguro multi-adicto. Lo opuesto a un respetable “hombre de bien”. No hace falta decir que si eres mujer, la cosa se pone aún más dramática.
Pero ser un “artista en la sombra” (término acuñado por Julia Cameron para referirse a los artistas que no han salido del armario) no absuelbe a nadie. El sentimiento de traición hacia uno mismo fermenta en culpa y además no le da el sol.
Así pues, y con esto os dejo iros en paz, mi consejo es: si vas a sentirte culpable de todos modos, tanto si decides ser artista como si decides no serlo, digo yo que mejor vivir con la culpa de hacer aquello que te hace feliz.
Feliz navidad!

¿A quién pretendes engañar?

El síndrome del impostor es algo terriblemente común. Y más, en el mundo del arte. Personalmente, conozco muy pocos cantantes que puedan decir “yo soy cantante” con la cabeza bien alta, sin sentirse un fraude. No importa el talento ni el éxito que tengan.

Todo esto me ha llevado a la sospecha de que alguna ventaja debe haber en sentirse un impostor. Algo sacaremos de ello, si nos aferramos tanto a seguir siendo “cantantes aficionados”, “ineptos con suerte” o “esbozos de artista”. Así que me he puesto a indagar un poco sobre qué puede haber detrás de este síndrome… y esto es lo que he encontrado.

ego

Nuestra identidad es una narración. Un cuento que te contaban ya de pequeño, y que tú te has seguido contando cada noche antes de domir. Y nos aferramos mucho a este cuento, no porque necesariamente nos guste, sino porque sin él simplemente no somos nadie. Por eso, en gran parte, un proceso terapéutico consiste en re-narrar la vieja narración para poder sanarte. Pero es un proceso largo y, sobretodo, que haces acompañado de alguien que no se cree tu cuento.

Partiendo de esta idea, el complejo del impostor surge cuando creces como persona, profesional, etc. Cuando hay un cambio profundo en tu ser. Sospechas que ya no eres el de antes, pero cuesta mucho dejar atrás tu cuento, porque el nuevo cuento aún no te lo has contado lo suficiente. Entonces, se produce un vacío: no soy lo de antes, ni soy aún lo nuevo. Ergo, soy un impostor.

No se pueden sostener dos identidades al mismo tiempo. Para adoptar una nueva identidad (p.e. la de cantante profesional), primero tienes que destruir tu vieja identidad. Y eso, que “primero” toque matar al ego, es lo que nos da tanto miedo. Porque aún no tenemos un nueva nueva identidad formada. Requiere abrazar la incertidumbre. Perder el control.

Obviamente, tu ego se resiste a ello. Normal! ¿Y qué hace para poder sobrevivir? Pues busca “evidencias” de que tu naciente “yo” es un impostor. Desde que te levantas tu ego va en busca y captura de todos los “hechos” que pueda utilizar para reforzar tus viejas creencias sobre quién eres y desmontar las nuevas creencias con las que flirteas. Porque desde luego, “tú” no eres un cantante profesional. ¿Qué te has creído? “Tú” siempre has sido un aficionado, un mediocre, vamos. Si ni tu gato te escucha cuando cantas!  (Hecho número uno del día anotado: me he puesto a cantar y mi gato se ha ido a otra habitación. A quién pretendo engañar!?).

Es una cuestión de ego sentirse impostor. Cuanto más grande es tu ego, más impostor te sientes. Porque más grande es la resistencia que tu viejo ego ofrece para sobrevivir.

¿Entonces, no es posible dejar de sentirte un impostor? ¿No podemos cambiar de identidad? Yo creo que sí que es posible si se hace una transformación progresiva y muy consciente. Utilizando una estrategia similar a la que usa tu “viejo” ego para resistir, pero en sentido contrario: incorporando nuevas creencias sobre quién eres, poco a poco, que suplanten a las viejas. Pero tienes que repetírtelas mucho!! Y buscar evidencias desde que te levantes. Porque hemos repetido muchas veces el “padre nuestro” de nuestra vieja identidad. Tenemos un gran apego a ella. Le tenemos cariño. Aunque ser eso sea una mierda. Es nuestra zona de confort. El mundo es previsible mientras seamos los que éramos.

Y, finalmente, la gran pregunta: si lo que creíamos ser era mentira, cómo sabemos que lo que ahora creemos ser es verdad? …porque no era mentira. Era otro estado de desarrollo de nuestro ser.

Al final, seguramente todos seremos buda.