La voz no miente

Cuando nuestras emociones nos duelen, tendemos a distanciarnos de ellas. A “anestesiarnos” para protegernos, para no sufrir.

distancia emocional

Este es un mecanismo de defensa contra el dolor emocional. Pero evadiéndonos de nuestras emociones -viendo la tele, consumiendo drogas, trabajando en exceso…- no vamos a solucionar el problema, la causa de ese dolor emocional. No sólo eso, quizá añadamos nuevos problemas -como adicciones- y, eso seguro, vamos a perder un tiempo de vida -días, semanas, años- que no va a volver.

Lo peor de todo es que no se puede ser un anestesiado feliz. No es posible dejar de sentir selectivamente. Cuando ponemos la sordina a una emoción, la ponemos a todas nuestras emociones. Nos convertimos en zombies emocionales. Si te cierras a la tristeza, también le das la espalda a la alegría. Si te cierras al dolor, también lo haces al amor. El corazón sólo tiene una puerta de entrada.

El dolor es un mensajero. Igual que la fiebre en el cuerpo, la ansiedad en el alma. Es un mensajero que nos dice que no podemos seguir viviendo como lo estamos haciendo, que algo que nos hace daño ya no puede seguir siendo ignorado, que ha llegado la hora de parar, y escuchar: ¿de qué te está advirtiendo tu dolor?

Un síntoma que he observado de que uno está huyendo de lo que siente es la incapacidad para cantar. Es muy lógico que eso pase, porque no es posible fingir con la voz. La voz no miente. La voz es cuerpo, es emoción.
Cuando hablo de “incapacidad” para cantar no me refiero a que uno no pueda seguir emitiendo sonidos como lo hace cualquier otra cosa (la nevera, el viento, las motos), aunque es habitual dejar de cantar en absoluto en estos estados.
Estoy hablando de la incapacidad para cantar conectado con tu ser, con tu cuerpo. El resultado es un canto desnudo de emoción o sentimiento.

¡Canta tu pena! ¡Canta tu rabia! ¡Canta tu miedo! ¡Canta tu alegría!

Cualquier emoción es energía estancada. Tienes que vivirla para liberarla. Y cantándola la vives.
Si no puedes cantar tu emoción, primero de todo deja de huir. Párate. Deja espacio al silencio interior, y escucha.

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